El gusto no es mío

17/02/2020

No sé quién escribió, (a veces con tanta hiperinformación no encontramos las cosas, paradoja incólume de nuestras sociedades post-post-post-post), que hay que tener cuidado con las ideas y valores con los que una se jubila, no vaya a ser que permanezcan inalterables, es decir, que no se muevan nunca más desde ese momento. De ahí el cuidado. La vida sigue, tras la jubilación, a cualquier edad, o sea, avanza la vida y con ella nuestro espíritu adaptativo y de cambio. O eso debiera ser.


Las opiniones no son inmutables, los gustos tampoco debieran serlo, mucho menos los valores, quintaesencia cristalizada en muchos casos del conformismo que aporta la mayoría de edad. El gusto es una gimnasia de la percepción. El gusto es un músculo que debería estar entrenado en todo momento para que no se convierta en un obstáculo frente a nuevas propuestas artísticas, situaciones vitales o incluso sociedades inmersas en cambios profundos.

No hay nada más simpático y universal que decir frente a algo nuevo la frase “no me gusta”, frente a algo que cuestiona los valores en los que hemos sido educadas, o los marcos en los que el nido del que venimos nos encajó. Es curioso que el origen de esta expresión se encuentre en los primeras fases de formación de la persona. Cuando los niños empiezan a decir no y sorprendidos con lo que esa negativa provoca en el entorno lo amplíen a un rotundo y tajante no me gusta. De tal forma que frente a esa declaración, los progenitores hacen todo lo posible para cambiar lo que sea que no le haya gustado al niño o a la niña para que se restablezca el orden hogareño y la sonrisa del muchacho o muchacha derive en un me gusta que aporte tranquilidad al hogar. Hoy el esfuerzo y la frustración son disciplinas que se están olvidando.


No hay que tirar de Heráclito, ni bañarse cuatro veces en el mismo río, para recordar que todo fluye y nada permanece, por eso en ocasiones, no está de más realizar una pequeña reflexión sobre el gusto, sobre lo que nos gusta y mucho más sobre lo que no nos gusta.

De unos años a esta parte, la curiosa expresión sillón de confort o espacio de confort ha creado escuela y legión de acólitas. En nuestras sociedades blancas, el progreso capitalista se propone como objetivo prioritario complacer a cada uno de sus habitantes. Un sillón de confort a la medida. Una vez construido, es muy difícil salir de allí porque se está muy cómoda sentada en él. El gusto sería eso. Nuestro sillón de confort. Y si ese sillón, siguiendo con la imagen, se perpetúa a lo largo de los años, con su reciedumbre, estatismo y majestuosidad luenga, moverse de ese lugar se hace muy complicado. Nos falta otro sentido. Un par de antenas que detecten situaciones nuevas para las que nuestro anquilosado gusto no tiene otra cosa que decir que el tan gastado no me gusta. Aunque hay quien ha cruzado su Rubicón particular y cerca de la entrada a un nuevo espacio donde la percepción abre otras puertas, se atreve a decir, No me gusta que no me guste. Algo es algo.


Si el gusto no es mío, o nuestro, ¿de quién es entonces?


El gusto pertenece a lo que sabíamos hasta hace poco sobre el mundo, a esa universidad portátil que llevamos en la cabeza construida por la socialización, las idiosincrasias particulares y sociales, los prejuicios, los mundos de los que venimos y hemos hecho, los valores solidificados y tantas otras cosas que construyen nuestro yo, esa gelatina que se transforma desde los accidentes circunstanciales, y cuyo nuevo modelado a veces no vemos. El gusto pertenece a lo que creíamos saber, a lo que nos aferramos y defendemos antes de exclamar el no me gusta. Y comporta todo un cosmos de seguridad al que el no me gusta nos ata.


No siempre la curiosidad mató a la gata, pero estamos acostumbrados a perder esa antena curiosa a medida que nos hacemos mayores, en un movimiento vital y carpetovetónico que hace bueno siempre todo el refranero conocido, sustrato arqueológico sobre el que se aposentan las patas de nuestro sillón confortable. La única receta posible para salir de ahí es pensar en por qué no me gusta lo que no me gusta. Es la única forma de mirarse al espejo sin verse el ombligo y poder seguir creciendo humana e intelectualmente, da igual la edad que tengamos.

 

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