Telonero de tus telómeros, alarga la vida de tu concierto existencial.

21/01/2020

El drama de ser mayor en nuestras modernas sociedades occidentales, si es que ser mayor es un drama, u otro género literario, eso depende de cada cual, consiste en haber sido joven antes de ser mayor, como dejó escrito Óscar Wilde, que tampoco hay que hacerle mucho caso por mucho guailde que sea.


Recordar algunos de los poemas más conocidos de Jaime Gil de Biedma nos sitúa inevitablemente en la circunstancia en la que cualquier ser humano es consciente del principio de su personal senescencia. No volveré a ser joven, titula Jaime, y sigue así, Que la vida iba en serio , / uno lo empieza a comprender más tarde, / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos, / envejecer, morir eran tan solo las dimensiones del teatro. / Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra.


Frente a ese único argumento de la obra, quizá tratando de conseguir otra narración mejorada, otro probable final, la Ciencia ha hecho sus pinitos y en esa gimnasia constante ha descubierto y descubre moléculas, códigos genéticos, enzimas, que abren la puerta a un envejecimiento más saludable y a una muerte que se dilate un poco más en el tiempo.

Hoy se explica en muchos foros mediáticos y universitarios que la esperanza de vida de los habitantes de nuestras sociedades se amplía a razón de tres meses al año. El agua de los mares sube a razón de tres centímetros cada seis años. Lo insólito que era encontrar hace décadas, mujeres y hombres que en buen número superaban el siglo de vida, hoy es, no tan común todavía, pero más usual que hace cinco lustros.


El buen envejecer se ha convertido en un saber, un estar y un actuar desde un manantial de conocimiento que bebe de multitud de fuentes interdisciplinares. Una de ellas es la Neurociencia, y otras son cada una de las materias que de esta base troncal se abren con nuevos hallazgos desde una arborescencia esperanzada a la que no faltan ni yemas, no ramas, ni estimulantes brotes nuevos.

En Octubre del año 2009, la Academia Sueca premió los trabajos científicos de Elizabeth H. Blackburn, Carol W. Greisder y Jack W. Szostak. Estos tres investigadores habían empezado a vislumbrar el funcionamiento de nuestro reloj vital por dentro. Encontraron unas piezas fundamentales que parece que rigen las manecillas de nuestro temporizador, los telómeros y la telomerasa. Que nadie se asuste con estos palabros que más abajo los explico.

Muchos medios de comunicación recibieron la noticia con un alborozo tal, que lanzaron titulares tan esperanzadores, ingenuos y salvíficos como este: “Descubierta la enzima de la eterna juventud”, o aqueste: “Nobel para los científicos que abren las puertas de la inmortalidad”.


¿Será la telomerasa la enzima que nos abra el grifo de la fuente de la eterna juventud?


Vayamos por partes. Juan Ponce de León, explorador español del siglo XVI, tras oír hablar de esta fuente a los nativos de Puerto Rico, lo mismo le hicieron a Lope de Aguirre en el Amazonas hablándole de El Dorado, se volvió loco entra selvas, caimanes, manglares y cocuyos de la Florida para encontrar el chorreo primigenio del que poder beber y así conseguir la longevidad eterna.

Muchos años antes, mil novecientos aproximadamente, Herodoto comenta en uno de sus libros la interviú que tuvo lugar en aquel tiempo entre el rey de Etiopía y los embajadores del rey persa Cambises II. Al comprobar estos que la vida de los etíopes en muchos casos superaba la edad de ciento veinte años, preguntaron al rey por la fórmula, ¿qué secreto guardaban para vivir tanto tiempo? El rey les dijo que comían carne cocida y tomaban leche fresca, y les llevó hasta un apartado lugar donde les mostró una fuente que vertía agua a en unas pozas donde se bañaban sus súbditos, de tal manera que se ponían con esos baños, “más relucientes”. A lo que Herodoto se pregunta, “¿No se pudiera conjeturar que el uso de ese agua hacen para todos los etíopes, hará que gocen de tan larga vida?” (Herodoto. Historias. Libro III, Cap XXIII)

Historias, leyendas, suposiciones, venturanzas que relatan este mito de la eterna juventud y su fontana hay decenas a lo largo de la Historia de la Humanidad. Seguro que cada cual tiene una conseja de estas en su pueblo que hable de un manantial curativo y mágico.


Si has llegado hasta aquí, tienes premio. No te vamos a dar las coordenadas en Google Maps de la fuente de la eterna juventud, pero sí que vamos a explicar lo que parece que abre sendas a una longevidad mayor: la telomerasa. Permitamos que la sencillez explicativa rompa la cáscara de la complejidad que hay tras lo que estamos contando.


Los telómeros son estructuras de enzimas y proteínas que se encuentran en los extremos de los cromosomas. Los dos rabos finales de una pulsera que permiten el nudo que sujeta esta a la muñeca. O, para que nos hagamos otra idea pero muy parecida, la parte final plastificada de los cordones de los zapatos. Eso serían los telómeros. De alguna forma, una de las funciones de esta parte genética no es otra que preservar la continuidad de los cromosomas, protegerlos. Sobre todo porque el código genético que albergan, es el encargado mediante su duplicación y división, de regular todo el organismo y fabricar nuevas células haciendo todo lo posible para mantener el curso vital. La telomerasa refuerza esta función. Establece el número de ciclos de división a los que se pueden someter los cromosomas.  También los singulariza para evitar que se cree una sopa cromosomática que enrede este núcleo de fertilidad celular, haciendo que la fábrica de planos  y moldes celulares funcione de manera correcta.


El descubrimiento por el que a los investigadores anteriormente citados les dieron el Nobel de Medicina, viene a decir que la longevidad humana tiene que ver con el tamaño de los telómeros, con su desgaste. Estos extremos cromosomáticos serían el índice más fiable del envejecimiento del que disponemos. Y puestos a soñar, desde una mayor sabiduría sobre lo que ocurre en estas cápsulas de generación de células y neuronas, en función del tamaño de los telómeros y de las activaciones y pausas que regulan su actividad por parte de la telomerasa, bien pudiera la humanidad encontrar en un futuro no muy lejano, soluciones a enfermedades como el cáncer, el alzheimer y recetas que permitan vivir a los hombres y mujeres de este mundo muchos años más, con células que constantemente pueden rejuvenecerse. Por ahora es ciencia ficción, pero no tanto.


Y ahora viene la pregunta: ¿Hasta que eso sea una verdad científica, que se puede hacer para rejuvenecer y activar nuestra constelación de telómeros? Lo de siempre y algo más. Comer bien, hacer ejercicio físico y potenciar la conciencia atenta a nuestro tiempo interior, a nuestra presencia afectiva en la vida, a la reflexión acerca de nuestro río interno, como llamó al conocimiento de nuestro interior Anaïs Nin. Y os dejo con una cita de La tormenta Cerebral, de Daniel J. Siegel, publicado en Alba editorial el año 2014.


Por ejemplo, la investigación nos dice que cuanto más presentes estamos en la vida, más alto es el nivel de la enzima telomerasa en el cuerpo, que mantiene y repara los extremos de los cromosomas, llamados «telómeros», que son vitales para preservar la vida. Con el estrés de la vida cotidiana y el proceso natural de envejecimiento, estos remates de los cromosomas se van desgastando poco a poco. Producir más telomerasa nos puede ayudar a estar más sanos y a vivir más tiempo. Algunas personas han llegado a la presencia de forma natural; otros necesitan aprenderla a través de un entrenamiento de atención. Aquellos que aprendieron a entrenar su mente para que esté atenta aumentaron su habilidad para estar presentes, su sistema inmunológico funcionaba mejor y su nivel de telomerasa subió. Asombroso pero cierto: dirigir la atención de la mente hacia el interior puede cambiar las moléculas del cuerpo para convertirte en una persona más sana y hacer que las células vivan más.

 

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