Es imposible imaginar una mujer de los tiempos modernos que, como principio básico de individualidad, no aspire a la libertad.
Clara Campoamor
Cuando de todo lo que recuerdas ya no recuerdas ni cómo lo recuerdas pero algo sí recuerdas, sucede que han pasado veinte años.
Veinte años no es nada, como cantó Gardel, “qué febril la mirada, te busca y te nombra”, porque sentimos que es un soplo la vida, un suspiro quizá porque “guardo escondida una esperanza humilde que es toda la fortuna de mi corazón”.
A comienzos del siglo XXI, hace veinte años no exactos pero casí -el uno de julio del 2005-, se legisló el matrimonio homosexual en el Estado español. Muchos fueron los que aducieron todo tipo de obstáculos a esa legislación que normalizaba en ley lo que era natural en la calle, en algunos bares de ambiente y en la mente de muchas personas que habían recibido anteriormente por la vía sentimental y emotiva la buena nueva. Cuando se tiene un nieto o una nieta homosexual la cabeza da un giro de 180 grados y se aplaude con las orejas una ley como aquella.
Pero hubo también muchos otros que se echaron las manos a la cabeza porque sus costumbres, sus ritos y su educación nacionalcatólica, les impidieron ver la grandeza de aquel progreso, de aquel avance humano.
La mayor parte de la gente que se puso en contra, incluídos bastantes líderes de un partido político opositor de entonces y de hoy, entendían que aquello no era normal y como el lenguaje, aparte de dar brillo y esplendor a la realidad también la oscurece y la oprime, sabían en su fuero interno que lo normal no pasaba por esa ley que normalizaba lo que para ellos era anormal.
La palabra normal fue durante mucho tiempo una de las piedras con las que estas personas lanzaban su ira y su malestar contra la pared de refugio seguro de una gran parte de la población que no era heterosexual. En este caso, como en muchos otros, la vigilancia de género de la máscula seguía colocando patrulleras policiales en cada cuerpo, actitud o gesto masculino que oliese a pluma y a mujer y en cada mujer que tuviese rasgos hombrunos. Los saduceos de la normalidad de aquel tiempo, como los de ahora, no se dan cuenta de la cruenta violencia que esconde la palabra normal cuando es esgrimida desde la hegemonía del poder y de la verdad indiscutible.
Por eso tiempo, Virginie Despentes, la autora francesa de la película Fóllame, y del libro Teoría King Kong, entre otros muchos, escribió en este último que ya era hora de que los hombres explicaran lo que les estaba pasando, ya era tiempo de que las masculinidades entraran en un Apolo 13 de viaje mental exitoso, para alunizar en los feminismos y apuntarse al carro de la igualdad entre géneros y sexos. Todo estaba por hacer y un trozo del todo comenzó a realizarse. Mucho está por hacerse.
Desde que tenemos uso de razón y criterio, los que no tengan ni de lo uno ni de lo otro, da igual la edad, que no sigan leyendo, sabemos que los hombres hemos sido educados en cárceles muy concretas donde las funciones y roles que se atribuyen culturalmente a nuestro género son los barrotes. Pero brotó la cuarta ola feminista y las calles se llenaron de gritos contra la violencia a las mujeres y a favor de una igualdad efectiva entre hombres y mujeres.
Hay muchas cosas que el feminismo y los feminismos han hecho por nosotros pero parece que no acabamos de darnos cuenta. Una de las más sorprendentes es aquella que atiende a la vigilancia de género. El hombre champiñón y productor ahora sabe distinguir entre los distintos programas serigrafiados en la rosqueta de una lavadora pero todavía no es consciente de la magnitud del cambio que supone la lucha rebelde por la libertad que porta en su grito y en su pensamiento el feminismo.
Desde sociedades como la nuestra somos conscientes de que los restos carpetovetónicos de la máscula férrea que se resiste a perder sus privilegios son muchos todavía, son pegajosos y son molestos y el camino es difícil, pero tratamos de construir puentes sin pontificar para que lo normal se convierta en el atributo limpio y bello de cualquier persona en sus relaciones con el mundo y con los demás, dan igual los géneros y no importan los sexos.
Lo escrito líneas atrás se podría resumir en la resistencia de la masculinidad de hoy a perder sus privilegios en pro de la libertad e igualdad con la mujer.
¿Y toda esta perorata a cuento de qué?
Muy sencillo, escribimos y recordamos todo esto porque el año pasado finalizó el I Plan de Igualdad 2021-2024 en Sirimiri.
Dentro de la organización y desde la Comisión de Igualdad se acordó destinar el importe económico vinculado con la Encuesta de Personas 2024 a la Asociación Clara Campoamor. En fechas recientes, el presidente en funciones, Jose Miguel Fernández López de Uralde recibió este pequeño emolumento como muestra de cercanía con esta asociación.
La Encuesta de Personas se enmarca dentro de un modelo de gestión mediante el que se trata de conocer la satisfacción de todas las personas que trabajan en Sirimiri. Uno de los principales objetivos de esta encuesta no es otro que trabajar desde la transparencia y el apoyo mutuo.
En este caso, se ha decidido asignar a la Asociación Clara Campoamor el 0,7% de los presupuestos generales de Sirimiri más el donativo de un euro por cada encuesta rellena.
Esta cantidad, como se cuenta líneas arriba, se incorpora al trabajo de la asociacion referida con ánimo de que lo incorporen a alguno de los proyectos en curso que tienen abiertos. La cantidad entregada asciende a 1082 euros.
En un acto en el que estuvieron las personas responsables y coordinadoras de Sirimiri se hizo entrega de este cheque al director en funciones.
En ese encuentro, se estableció un contacto primero entre Sirimiri y la Asociación Clara Campoamor a través del que se sientan las bases de posibles colaboraciones futuras en la defensa de los Derechos de la Mujer y de la Igualdad.
Y ahora sí, por hoy queda todo dicho. Seguimos en la pelea contra los bandidos del Escambray.