La Dama del Lago

30/03/2021

Me he apartado no sólo de los hombres, sino de los negocios y principalmente de mis negocios: me ocupo de los hombres del futuro.

Séneca


 

Hay una leyenda africana de la que muchas fuimos conscientes cuando la vimos repetidas veces en primera sesión, un sábado por la tarde de nuestra infancia en las pelis de Tarzán, Jane y Chita. Ahí se cuenta algo que no está del todo contrastado y pertenece a esos mitos que nos albañan a ladrillos la identidad, el cementerio de elefantes.

Cuando están a punto de morir, cuando sienten o huelen su camino último, estos paquidermos se juntan para caminar hasta un lugar que solo ellos conocen y donde saben que acabarán sus días, a veces en compañía de otros que se encuentran en la misma tesitura y en ocasiones solos.


Victor Hugo Viscarra es un escritor boliviano que vivía en la calle y que escribía en un ordenador que le prestaba el sacerdote de una parroquia a la que a veces iba para ducharse, comer algo, despejarse de los cartones quemados y los perros abandonados, los pocos que le daban algo de cariño en sus infiernos diarios.

En sus memorias tituladas Borracho estaba, pero me acuerdo, habló de varios cementerios de elefantes existentes en su ciudad. Son estancias cerradas dentro de antros públicos, bares o tabernas, a las que personas que superan la mediada edad, entran para morir a a golpe de alcohol sin medida. Para acceder se necesita una clave. Se estima que existen unos cincuenta escondidos en las periferias pobres de la Paz. Hay una película, por si alguien quiere verla.


Erik Erikson no se llamó así al nacer. Adquirió ese nombre junto con su nacionalidad norteamericana, en el año 1950. De joven se perdió por una Europa que se peinaba a lo garsón, descubría el swing y preparaba la guerra. Vivió en la calle, bajo los puentes, donde le rendían sus pasos al atardecer. Se empapó de psicoanálisis con la hija de Freud y estudió humanidades en aquellos remotos años que contemplaban de cerca por primera vez la conciencia humana, los sueños, el inconsciente. Lo mismo buscaban con el arte los Breton y Magritte de turno, los Buñuel y los Dalí que decían: Le Surrealisme, C’est Moi!

A finales de los años cuarenta, Erik convivió con la tribu de los lakota dentro de las reservas que el gobierno americano dispuso tras vencerles en las guerras indias del siglo diecinueve. Descubrió que tanto el despojo de su cultura por parte de los blancos, como la obligada educación a la que sometían a los pequeños lakotas, los dejaba en un limbo vital, vaciadas sus memorias, desorientados en un mundo que no era el suyo, en el que los búfalos ya no pastaban en las praderas del medio oeste.


Entendió también que esta, como la mayor parte de las culturas, tenía rituales de paso, ceremonias distintas que permitían a los humanos atravesar los puentes que separan los canales de la vida.

Uno de ellos obligaba a los jóvenes, antes del cruce a la temprana madurez, a perderse unos días en el bosque y volver a la tribu con un sueño.

Era entonces cuando los mayores, los ancianos, los sabios experimentados, se aplicaban en asamblea para interpretar el sueño de ese muchacho. Su conocimiento vital y su larga experiencia les aportaban las herramientas semiológicas y simbólicas necesarias para desenmascarar aquel relato vaporoso. De sus conclusiones dependía el futuro del niño lakota. En aquel sueño estaba oculto lo que el muchacho sería de mayor.


Erik trabajó en la Escuela de Palo Alto, en California, el lugar del mundo donde parecía nacer un nuevo mundo en los años cincuenta. La mayor parte de las escuelas psicológicas que tratan de entender la conducta psicosocial y el pensamiento humano surgen de ese lugar. La vigilancia digital que hoy nos desborda también.

Con los años compuso lo que puede ser la partitura de sus investigaciones y desarrolló la teoría de los ciclos vitales.

Existen ocho.

Se desarrollan a lo largo y ancho de la vida de una persona. En cada una de estas fases se produce un enfrentamiento entre dos polos de tensión, uno positivo y otro negativo. El que nos interesa ahora destacar es el séptimo, el que va de los cuarenta a los sesenta años, aunque ya Erikson, cuando superó esta edad, dijo que llegaba incluso hasta el final de la vida, o sea que bien podía formar parte también del octavo ciclo.


A partir de los cincuenta y tantos, cuando todo lo que dio placer parece agotarse o encuentra su descanso, snif, snif, cuando la curiosidad y la capacidad de deslumbramiento es tan fina como un papel de fumar, cuando todo parece estar hecho y se asoma el fin de las tareas a la cala de la jubilación, cuando las hijas y los hijos abandonan los nidos y la soledad extiende su gran manto blanco, cuando las muertes de los alrededores se producen y las visitas a los hospitales y a los funerales forman parte de la agenda como antes las reuniones y las fiestas, cuando parece que ya no se sufrirá jamás otra vez el síndrome de Stendhal:

¿Qué hacer?

Erikson habla de dos puntos de tensión durante este tiempo, separados ambos por un espacio. A un lado la Generatividad y al otro lado el Estancamiento.


A un lado el reconocimiento, la memoria, el legado, la proactividad con las generaciones más jóvenes, la confluencia con los nuevos hitos de las épocas que ya no se consideran propias, la voluntad que inspira los sueños nuevos y que derrocha experiencia, la generación de actividades altruistas, generosas, el aporte social desde los cuidados y desde las creatividades.

A otro lado el estancamiento.

Está clara la diferencia. Para explicar una cosa se necesita un párrafo, para detallar la segunda con una frase es más que suficiente.


El relato de la vida a partir de los sesenta años continua. La Generatividad lo hace posible.

Este post lo encabeza el fragmento de un cuadro de Edward Burne-Jones, un pintor prerrafaelita decimonónico. Los personajes que aparecen son La Dama del Lago y Merlín. Merlín es el mentor por excelencia, la persona que ha guiado al joven Arturo hasta el trono de Inglaterra, el sabedor de los tiempos, el que conoce tanto el poder de Excálibur como el de las fuerzas terrenales y cosmogónicas a las que Arturo se debe enfrentar en su periplo vital.


Merlín ya está en las últimas. Su saber morirá con él. Su legado será pasto de los gusanos y flores blancas en primavera, como las que le rodean. Por eso, La Dama del Lago, la dueña del centro de poder donde la espada sagrada se renueva o se recompone, debe guardar la memoria de Merlín quitándosela. Ese corpus de sabiduría vital está representado en el libro que La Dama del Lago sostiene y retira hacia la derecha del cuadro. Pero los dos personajes son uno y el mismo.


La Dama del Lago es la Generatividad. Sin ella, la continuación de la vida y de la cultura dentro de los reinos artúricos o de las sociedades actuales se hace muy complicada. Merlín simboliza el estancamiento: hundida en él, la vida se perla de flores blancas alrededor que anticipan y acercan el final.

¿Y el pelo trenzado de serpientes de la Dama del Lago?

La actitud. La fuerza de la voluntad que mediante un movimiento praxiteliano nos aboga a pelear por entregarnos a las y a los que nos suceden.

 

 

 

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