Voices of Chernobyl Frame

Aliosha en la Zona *

07/06/2019

Pongamos que se llama Aliosha. Como a la gran parte de las aproximadamente doscientas personas mayores que viven en la zona de exclusión de Chernobyl, a ella también le llaman samosely, colonos. 


Tendrá unos ochenta años, aunque puede que más. Hace mucho tiempo que cruzó sus personales líneas de sombra en las que los años se confunden como estrellas distantes de una galaxia desconocida y cercana. Trazos de tiempo en los que se acumulan acontecimientos históricos de un siglo veinte cargado de dolor estirado, bolcheviques, la gran guerra, un hijo muerto en Afganistán, el mayor, y la exploxión del reactor número 4 de la central Vladimir I.Lenin, la más grande del mundo en su tiempo, desastre humano y tecnológico que se llevó por delante al único hijo que le quedaba, Volodia, uno de los liquidadores reclutados para tapar con arena y boro el centro de la tierra que no paraba de emitir radioactividad tras aquel fatídico 26 de abril de 1986.

Ahora enciende fuego en una chimenea con troncos y ramas que recogió ayer por la tarde. Coloca en una chapa de metal que bien pudiera escupir una cifra asombrosamente fatal de roentgens si se colocara a unos centímetros de ella un dosímetro que midiera su nivel de radioactividad, el samóvar, una especie de tetera en la que entran tres litros de agua y donde el té pace y sedimenta sus aromas, y que más tarde tomará en sendas tazas de blanco roto y descascarillado a lo largo del día que arranca en este instante, mientras tú estás leyendo esto.


Hace frío. Llueve. Un manto blanco de silencio salpicado a goterones por el ruido de alfileres cayendo del chubasco, acolchona las tierras y templa de humedad el calor del bosque que se encuentra a pocos pasos de la casa. Ese bosque que se volvió de color rojo tras la explosión del reactor, y sobre el que circulan leyendas que hablan de animales nunca vistos, seres humanos que pululan como fantasmas y a los que cuesta reconocer como hombres.


A su alrededor, dentro y fuera de las habitaciones, subidos al tejado o a modo de efigie antigua en los alféizares de las ventanas, se protegen y pululan gatos y algún que otro zorro despistado que acaba de encontrar un trozo de mullida hierba bajo una cobertizo de la cuadra. Aliosha asegura que más de una vez ha visto con sus propios ojos uno de los caballos de Przewalski. Esos ponys o pottokas, que por poco se extinguen años antes del accidente, y a los que, nadie sabe por qué, la zona de exclusión ha regalado nueva fuerza y existencia sobre la faz de la tierra. 

Aliosha vive en soledad. Días depués de la explosión, un grupo de cuatro soldados llegó a su casa para obligarle a abandonarla. Les costó convencerla. Finalmente cogió una maleta con algo de ropa y salió de allí en un camión militar, luego en un autobús agazapado durante horas en la caravana de autobuses con habitantes de Prípyat y las casas de la Zona, todos juntos en un lento desfile de ciento veinte kilómetros de carretera hasta Kiev, la capital de la república soviética de Ucrania, la rusia blanca, la rusia de las hambrunas estalinistas. En Kiev, en casa de unos familiares, supo que su hijo estaba en un hospital de Moscú, pero no llegó a juntar los rublos suficientes para poder ir a verle. Volodia murió dos, tres, cuatro semanas más tarde. Aliosha no sabe ni cuándo. Lo enterraron junto a tantos otros liquidadores en un cementerio desconocido bajo toneladas de hormigón armado, en ataúdes de zinc, como aquel ataúd en el que llegó a la patria soviética en 1981 desde Kabul su hijo mayor. ¿Qué le quedaba? Su casa en la zona de exclusión. Y consiguió volver, sorteando prohibiciones administrativas y no haciendo caso a las autoridades que hablaban de los alrededores como de una zona de muerte. Si yo ya estaba muerta, por eso, que mejor que acabar en mi casa, de la que nunca tenía que haber salido, dice Aliosha.


Aliosha cuenta ahora que desde el 2011 llega gente nueva, europeos y americanos sobre todo, que por cuatrocientos euros visitan Prypiat, la Zona, y entran en las instalaciones de la central nuclear. Le regalan comida, a veces algo de dinero, y se hacen fotos con ella. Dice que le queda poco. Dice que no saldrá de allí nada más que para ir a pie hasta su tumba. Dice Aliosha que no se siente mal, que de vez en cuando algún dolor de cabeza, que de tarde en tarde le pican las manos y que le han salido ronchones en las piernas, pero mucho después del accidente, algo a lo que no le da importancia. 

No se muere dos veces, si no se escapa de la muerte alguna vez, explica Aliosha, haciendo suyo un proverbio ruso.


Libros y películas recomendadas:

Chernobyl, Johan Renck, escrita por Craig Mazin, 2019, (miniserie de 5 episodios de HBO)

Las voces de Chernobil, Svetlana Alexievich, Debate, 2015.

Stalker, Andrei Tarkovsky, 1979, basada en Picnic junto al camino, novela escrita por los hermanos Strugatski.

Voces de Chernobyl, La supplication, Pol Cruchten, 2016 (documental basado en el libro de Svetlana Alexievich) (FILMIN)


* Fotograma perteneciente al documental Voces de Chernobyl, de Pol Cruchten, RED LION en coproducción con KGP KRANZALBINDER GABRIELE PRODUCTION, FONDS NATIONAL DE SOUTIEN A LA PRODUCTION AUDIOVISUELLE DU GRAND DUCHE DE LUXEMBOURG, y L´AUSTRIAN FILM INSTITUTE, 2016.

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