Estereotipos y Estereotipas. Las mochilas de “las personas mayores”

21/01/2019

Está escrito adrede. Con toda la idea. La palabra estereotipo no alberga un significado dentro tan peyorativo como lo alberga la palabra estereotipa. Hagamos un ejercicio. ¿Es lo mismo decir: “Ese tipo”, que decir: “Esa tipa?. Está claro que no. Para nada es lo mismo. Es evidente que en nuestro lenguaje actual no es igual hablar de un tipo que de una tipa.


Un tipo, en lenguaje coloquial, es un hombre, un alguien, la referencia habla de una persona de sexo masculino, con un matiz algo callejero, coloquial, pero que no lo denigra cuando es nombrado como tipo. En cambio, la palabra tipa, amen de su coletilla machistoide y despectiva, ocupa un espacio significante en la mente de quién escucha ese término, que pudiera convertirse, está a un tris de hacerlo, en la palabra tipeja. La palabra tipa tiene una mochila a su espalda con más piedras que la palabra tipo. 

Pues bien. Valga este ejemplo para entender que las palabras, muchas palabras, siempre traen consigo, y ¿qué es lo que traen?, significados previos a su significado auténtico,  significados colocados por un sistema de valores prejuiciado, por sociedades muertas, es decir, prejuicios colocados por la sociología hegemónica, por la historia, por el uso que ha puesto en ellas un sistema de creencias antiguo en forma de capas geológicas. 

Juan José Millás nos ha hablado en más de alguno de sus articuentos de lo que dicen las palabras antes de ser pronunciadas o escritas, esto es, lo que traen con ellas, es decir, su mochila, la mochila que toda palabra lleva consigo, léase, su impedimenta. 

Detengámonos un momento en esta palabra. Impedimenta. En origen se refiera a un término militar utilizado por las legiones romanas. Se trata del volumen de bagaje, el equipaje que llevaba consigo todo soldado romano para subsistir en medio de la dureza de una batalla y en las fases de todos los alrededeores que esa batalla aglutinaba. Campaña. Expedición. Logística.  Pero a la vez, impedimenta, quiere decir todo aquello que pesa demasiado para que el que camina pueda avanzar con ligereza y movimientos ágiles. De esa forma, podríamos explicitar, en referencia a algunas palabras, que la impedimenta de algunas de ellas, de muchas, de casi todas, es la mochila que impide a esas palabras caminar con una fresca agilidad de significado. 

De igual manera, toda referencia a una persona inserta en una franja de edad, traería su mochila de significados estereotipados con ella. Así, si pronunciamos: un joven, el estereotipo y los estereotipos sobre esa palabra nos abruman mucho antes de conocer a ese joven. Lo mismo sucede con un adulto, un niño, una niña, o una mujer. Cada denominación incorpora en la mente del que escucha un nutrido grupo de estereotipos que formarían parte de la mochila que la sociedad convencional, la “normalidad”, ha colocado en esa palabra, la mochila de piedras con la que hay que llegar a la cima de la montaña de un significado limpio de prejuicios. No siempre con éxito. No siempre se llega al significado justo.

No está de más recurrir a la socorrida cita de Alicia en en País de Las Maravillas, de Lewis Carroll, cuando subido a un murete, el huevo, o sea, Humpty Dumpy, conversa con la niña. He acá el diálogo:

Humpty Dumpty: Cuando yo uso una palabra, quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos.

Alicia: La cuestión es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

Humpty Dumpty: La cuestión es saber quién es el que manda… eso es todo.

¿Quién manda sobre las palabras?

Los convencionalismos. Los prejuicios. Las sociedades que han muerto o que están muriendo y que han dejado su impronta, su huella de tiempo peyorativo en las palabras, su uso marcado por unos usos determinados que no tienen que ser los usos de hoy. 

Por eso, toda sociedad que pretenda ser justa e igualitaria, trata de quitarle la impedimenta negativa a algunas palabras, cuando estas mismas, tienen su mochila llena de significados-peyorativos-piedras.

Todavía hay personas que se refieren a los Centros Socioculturales de Mayores con esta expresión: Club de Jubilados. Todavía hay personas que nombran a las personas mayores como viejos. Sigamos por aquí. ¿Cuándo surge la palabra viejo-vieja? En la revolución industrial. A partir de comienzos del siglo XIX, los objetos comienzan a adquirir un caracter que hoy es consustancial a su ontología, la obsolescencia. Los objetos tienen vida útil. Los objetos nacen, sirven. Los objetos mueren, se convierten en inservibles. Objetos nuevos y objetos viejos. Y es así porque la industria necesita de productos nuevos para mantener su crecimiento exponencial, porque el capitalismo necesita un crecimiento eterno para el que es necesario que se obsoleten objetos y para el que es obligado que surjan nuevos que reemplacen a los viejos. 

En un momento dado, finales del XIX y comienzos del XX, este atributo objetual se incorpora a los seres humanos, de tal manera que se empieza a hablar de personas nuevas y de personas viejas. 

Personas a las que la sociedad puede explotar y personas a las que la sociedad ha explotado todo lo que ha podido. Jóvenes y viejos. En las sociedades no capitalistas y arcaicas esta diferencia no era peyorativa. esta diferencia no estaba tan marcada. Y de alguna manera las personas eran jóvenes y mayores, y de alguna forma la edad no implicaba aprovechamiento o desaprovechamiento, utilidad o inutilidad. Porque las personas eran personas y punto. Hoy, en medio de los charcos de libertad que el capitalismo nos otorga, es posible recuperar palabras sin impedimentas peyorativas en su bagaje. De esa forma, hemos acuñado la construcción semántica: personas mayores.

Y en esa apuesta y en ese hecho semántico, se esconde la pulsión que pretende despiojar de significados negativos a los términos que referencien a las personas que tras una experiencia vital de gran magnitud, siguen siendo útiles a la sociedad. Llegará un día en el que solo hablemos de personas. Un día en el que seamos, mayores o jóvenes, da igual, ¡qué mas da!, pero partes consustanciales a la sociedad, sin cargas, fuera de estereotipos vanos, sin impedimentas de lenguaje a nuestras espaldas, que nos impidan avanzar y caminar hacia un significado fresco y nuevo cuando nos refiramos a alguien, cuando nos dé lo mismo saber o desconocer la edad que tenga esa persona, para evitar prejuiciarla de antemano debido a la edad que tenga, en razón de su utilidad social o inutilidad, impedimentas del pasado.

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